JAZMIN ESQUIVEL

Y LOS ALCES

Pocas, poquísimas veces la suma de ciertos hechos casi fortuitos resultan en una maravilla. Uno de los ámbitos donde más suele darse este fenómeno es en los enigmáticos laberintos del arte todo, aunque eso no quiera decir que sucedan hechos increíbles todos los días. Jazmín Esquivel y Los Alces es un caso concreto y un ejemplo perfecto de lo que se puede llamar "una maravilla".

Se rumorea que en los tiempos que corren una propuesta artística musical debe "ofrecer algo más" y salirse del clisé para cautivar. Algunos días (en HR) estamos de acuerdo con esta teoría y otros no tanto. Mejor confiamos en que debe haber agite tanto en lo clásico como en lo innovador. Siguiendo el cause de esa idea, debemos decir que Jazmín Esquivel y Los Alces es un trío que bordea (del lado de afuera) los parámetros de las bandas convencionales acústico/folk: Sofía Naara Malagrino en percusión, Tomás Viola en banjo y Jazmín Esquivel en voz, guitarra y composición original de las canciones, ofrecen un material tan simple y rico a la vez, que cuesta hacer una reseña sobre ellos sin caer en una berreta adulación.

Roger Waters dijo una vez que en la ejecución de las canciones la mayoría de las bandas suele olvidarse de los silencios, sin utilizarlo como herramienta o recurso. Dicho a la ligera parece fácil, sin embargo se cae de maduro, no lo es. Formados "oficialmente" como Jazmín Esquivel y Los Alces hace tan poco, entre finales de 2014 y comienzos de este 2015, hacen de esa teoría algo habitual y natural. El silencio puede percibirse casi como un integrante más, en las pausas de los arpegios de Jazmín Esquivel, entre golpe y golpe de bombo, detrás de los arreglos de banjo que le dan gravedad a cada pieza (como en la extraordinaria Ansío los Alpes, que les dejamos al pie). Así, lo etéreo se corporiza en un carácter tribal, a través de los poderosos paisajes que (lideradas siempre por una disimulada pero innegable técnica vocal) pinta y recorre Jazmín Esquivel.

No es extraño que prefieran las presentaciones en vivo libres de micrófonos, donde logran invadir el ambiente de lleno y entrar más cómodamente en ese estado tántrico que contagia a los presentes, como en un rito colorido.

Su material discográfico al día de hoy no tiene fecha cierta de edición, inmersos en investigar el proyecto, redescubríendolo a través de los días, buscándole reveses durante los shows, más que en los ensayos; pero tranquilos, lectores, que en la difícil tarea de tomar por las astas esos misterios y volverlos discos están las para nada improvisadas Paula Maffia y Lucy Patané de Las Taradas.

Estamos sin dudas ante uno de los hechos más relevantes de los últimos tiempos, en su génesis, donde el virtuosismo queda relegado ante lo fortuito que fue, que de un puñado de excelentes canciones de una muy muy joven solista haya brotado la proyección de la junta de tres amigos, para convertirse en una extraña banda de folk, tal vez la maravilla del año.

 

Dani Cisterna

 

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